De madrugada me sorprende,
una niebla de verano.
Me encuentra cerrando un libro.
Me encuentra cerrando un cuarto.
Bajo una luz mortecina,
observando cuadros verdes y blancos,
tengo el deseo de escribir unos versos,
pensamientos extraños.
Estoy sobre un suelo de madera,
bajo un techo de cal,
dentro de cuatro paredes,
en las que me siento extraña al andar…
Observo un segundo la niebla blanca.
Se torna anaranjada;
cubre y hace invisibles a mis ojos
los faroles oxidados que intentan alumbrar
lo que fue un día sin sol.
Una noche en el mar
quebrantaría
las escasas maneras de elegir al azar:
Una noche, un sonido, una luz, un amor.
Un ruido interrumpe mi pensar,
las campanadas inexistentes de un reloj,
que no termina de andar;
me avisan que es medianoche.
Que mi vida recién empieza.
Me abrigo y echo a andar por una calle,
que ahora alberga solitaria,
cosas imaginarias que quiero encontrar.
Quiero que esa niebla me cubra
hasta llegar al mar…
tornándose débil al calor de mis manos.
De mis labios.
Siento que alguien camina detrás.
No pienso en nada.
Pienso en el mar;
almas abandonadas a la muerte
me siguen hasta allá;
Sigo caminando,
Y aún…no sé cómo llegar.
Bajando un escalón de asfalto,
estoy en un abismo,
y un gélido frío,
me hace despertar…
No estoy en la niebla, ni frente al mar,
estoy en mi casa, estoy en mi hogar.
Bajo una luz mortecina
esperando la luz del día,
para no verme obligada,
de nuevo,
a pensar.